Vocación de Celestino

 

La vocación es ante todo, la llamada que nos hace Dios para asociarnos al misterio de la salvación. Esta llamada supone el encuentro, el diálogo y la libertad entre Dios que llama y nosotros que respondemos. La vocación cristiana es fundamental y está a la base de otras llamadas.

Pero lo más importante es que la llamada es personal e individual. Todos, hombres y mujeres, padres y jóvenes tenemos cada uno nuestra propia vocación, que sea ser padre, madre, profesor, maestro, religiosa, sacerdote o misionero. La llamada a la vida religiosa es una vocación estricta y especial. Sin embargo la vocación misionera, recordémoslo, empieza con el bautismo.

Con el bautismo todo cristiano está llamando a ir a misión y anunciar el Reino de Dios. “Poneos, pues en camino, haced discípulos a todos los pueblos y bautizadlos para consagrarlos al Padre, al Hijo y al Espíritu santo, enseñándolos a poner por obra todo lo que os he mandado” ( Mt28, 19-20). Aunque la vocación sea siempre una llamada de Dios a la persona, no es fácil responder y vivirla con fidelidad. La vocación cuesta siempre algo a alguien.

A mí, como a Abrahán, el Señor me ha llamado y me ha hecho salir de mi tierra, de entre mis parientes, de la casa de mis padres, para irme a la tierra que me indicará (Gn 12, 1). Ser misionero es ser capaz de dejar todo e irse siguiendo a Jesús. Ser capaz de dejar a tus amigos, a tu familia, tu país, tu tierra, en fin, tu cultura para acostumbrase a otra cultura. Toda esta área constituye los desafíos de la misión de hoy.  Yo, misionero comboniano, vengo de una país pobre, de una iglesia pobre y de una familia pobre.

"El deseo de mis padres era verme casado y tener hijos. Sería algo normal y correcto según nuestra cultura y costumbres".
 
Mi diócesis tiene 12 parroquias, más de 70,000 cristianos con 29 sacerdotes. Se nota, y está claro, que su necesidad sería tener un sacerdote diocesano más y no un misionero que después se marche para otro lugar dejando su diócesis sin sacerdote.

Yde otro lado, la familia necesita tener un hijo que pueda trabajar y traer el dinero en casa y también fundar una familia. Pero por pobres que sean, mi iglesia y mi familia me dejaron ser misionero. Respetaron mi elección de ser misionero fuera de mi tierra y negarme tener mujer e hijos.

Nací en el hogar de Gali Guindja Robert y de Kadja Kôk Louise, casados por la iglesia. Tienen 8 hijos, 5 chicas y 3 chicos. Soy el quinto de la familia y el mayor de los chicos. Por mi puesto en la familia debería tocarme la responsabilidad de toda la familia, como chico mayor, según nuestra cultura. Porque a las chicas no se les deja esa responsabilidad aunque sean mayores.

Todos en mi familia somos cristianos y sobre todo la fe de mi madre  ha influido en mi elección de ser misionero. El deseo de mis padres era de verme casado y tener hijos. Sería algo normal y correcto según nuestra cultura y costumbres. Nuestra cultura acepta difícilmente un soltero y tiene poco sitio en la sociedad. En las culturas africanas y chadianas o sara kaba (mi etnia), el más pobre, es la persona sin descendencia, sin dar a luz, sin hijos. La procreación es una de las cosas más importante y valorada en la sociedad. Un hombre sin mujer o una mujer sin hombre no tiene valor ni honor frente a la sociedad, se le considera como un irresponsable, un aventurero. Así la importancia de tener nietos o tener una seguridad material hacen que  las familias o padres pongan obstáculos para elegir la vida religiosa para numerosos jóvenes.

Mi experiencia misionera como chadiano fuera de mi tierra, de mi país, tampoco es fácil. Antes de llegar a Europa y a España, estuve en República Centroafricana y en República Democrática del Congo. Dos años en República Centroafricana como postulante y 6 años en República Democrática del Congo en el noviciado y teologado. Aunque son países africanos no era fácil para mí, en cuestiones de cultura y de mentalidad, pues son distintas a las de mi país. A  veces la gente piensa que África, es sólo un país y que los africanos son iguales y entre ellos se entienden muy bien. No es fácil de entrar en otra cultura diferente. Así desde mi formación de base dentro de mi propio continente experimenté dificultades y desafíos de la vida comunitaria.
 
Pero a todas estas realidades distintas me he ido abriendo, a todas las  maneras distintas de las mías. Porque dejar la tierra, la familia presupone una apertura a acoger y aceptar otras realidades y maneras de hacer, distintas a las propias.

La llamada misionera es atractiva y desafiante. Su éxito depende de la persona que la vive. Ahora, aquí estoy en misión, aunque como estudiante, en otro continente, en otra realidad, otra mentalidad con grandes diferencias de cultura y de la manera de celebrar la fe, en particular, las celebraciones eucarísticas.

En Europa, en general, la cercanía, esa filosofía africana de “estar con” no existe o tal vez existe de otro modo. Cada persona vive en su casa, a su manera y como quiere. Toda la gente tiene siempre prisa y por tanto no tiene tiempo para el otro. Para un africano que soy,  es muy difícil vivir así. Pero eso tampoco puedo criticar demasiado, porque cada pueblo tiene su cultura. Y es el misionero el que se tiene que ir adaptando cada vez.

La verdadera inculturación empieza por la tolerancia del otro, aceptar al  otro tal como es, aceptar sus costumbres y también su comida sin criticar.

La vocación es a la vez una llamada de Dios y también una respuesta del hombre. Los dos hacen la vocación. Dios llama a quien quiere, cuando quiere y donde sea, para asumir una importante misión en medio de su pueblo: la de ayudar a liberarlo de toda clase de esclavitudes para construir el Reino.

Si hoy, soy misionero y sacerdote no es gracias a mi inteligencia, sabiduría o capacidad, sino porque Dios me amó y me llamó con todos mis límites. Débil y pecador que soy, Dios me llama para ser su instrumento a lado de su pueblo oprimido. Soy el misionero de los más pobres y abandonados. 

Quisiera poner todos mis conocimientos, mi fuerza física e intelectual, mi pequeñez al servicio de la gente hacía quien soy enviado. “Salvar África con los Africanos” define nuestro carisma comboniano y ademas es mi filosofía y mi metodología.

P. Célestin NGORE GALI, mccj

Mision Joven Resumen: 

La vocación es ante todo, la llamada que nos hace Dios para asociarnos al misterio de la salvación. Esta llamada supone el encuentro, el diálogo y la libertad entre Dios que llama y nosotros que respondemos. La vocación cristiana es fundamental y está a la base de otras llamadas.

Los Misioneros Combonianos son un instituto misionero que realiza su trabajo en más de 30 países en África, América, Asia y Europa.