La máquina de coser

Los conflictos de intereses y los sueños no son nada nuevo para Chesuswon. Esto ocurrió hace dos años con una máquina de coser. Las mujeres pidieron a unos huéspedes que les regalasen una máquina de coser, que ellas se encargarían de preparar la habitación donde colocarla. Han pasado los meses, y todavía no han subido allí la máquina. Primero tardaron ocho meses en construir la habitación, de paredes de barro y techo de láminas de cinc. Y segundo, no tienen prisa, porque aunque dicen saber coser a máquina, lo cierto es que no, y que sueñan con aprender a hacer con esa máquina, sin darse cuenta que exige más peripecias de lo que parece cuando ven al sastres del centro de Kasey (a dos horas a pies) que pedalea la rueda para hacer uniformes para los estudiantes y remendar vestidos de las mujeres. Comprenden que puede ser una buena fuente de ingresos, pero aún les falta conocer como hacerlo. Como ellas no han subido la máquina a su montaña, la comunidad de Kasey se ha apropiado de la máquina de coser, saben que no es suya, pero la usan de prestado… cosa que no gusta a las mujeres de Chesuswon porque saben que la máquina se puede romper y luego se quedarán sin nada. No obstante, hasta ahora ninguna a dicho "quiero aprender" antes de cargar con la máquina montaña arriba.
 
También soñaron ilusoriamente con una escuela primaria, alrededor de la capilla de Chesuswon. Cuando se construyó hace cinco años, el consejo parroquial acordó que sería escuela de párvulos si pagaban al maestro. Todos estuvieron de acuerdo, pero después se han vuelto tacaños, no han pagado las mensualidades, y el maestrillo se ha cansado de enseñar sin conseguir ninguna retribución, estar pendiente de los niños de otros, en vez de tener tiempo para buscar su propio beneficio y sustento en otra parte. Y claro, montaña arriba, montaña abajo, no es un juego de niños por más que acostumbren sus músculos, pero no se puede tener una escuela para veinte alumnos por aula, no en Kenia, donde el gobierno tiene establecido que cada aula debe contener al menos cuarenta y cinco alumnos. Además, ¿Quién puede construir aulas encima del monte donde el agua escasea para hacer barro para las paredes, y donde no hay arena para poner cemento en el suelo? Para las madres de los niños reclamar es fácil, pero ser constantes en mandarlos a la escuela, o en pagar lo poco que el maestro les pide no lo es tanto... De ahí, que sus pretensiones se queden en sueños y que los niños tengan que caminar todos los días, al tiempo que refuerzan músculos y tendones para jugar mejor al fútbol los domingos, después de la oración.

Los Misioneros Combonianos son un instituto misionero que realiza su trabajo en más de 30 países en África, América, Asia y Europa.