La piel de cabra

Corría el año 1992, un tiempo difícil para la gente de Paker, un pequeño poblado en Sudán del Sur, a pocos kilómetros del rio Nilo. La guerra, que había comenzado hacía nueve años, era particularmente dura en esa región del sur con bombardeos frecuentes. Un día toda la población se vio sorprendida por la inminente llegada del ejército del Norte. Una ola de terror cubrió el poblado y multitud de gente corría despavorida por entre las cabañas sin saber muy bien que hacer. Pero todos sabían que había que salir de allí. Eso significaba coger las pocas pertenencias que tuvieran y huir hacia el sur, esconderse en el bosque. Lo importante ahora era salir de allí. 
 
Ajak tenía que reunir a sus cinco hijos que estarían jugando por ahí. La niña más pequeña, Akur (que en la lengua de los Dinka significa Paloma), de apenas unos meses dormía plácidamente sobre una esterilla de paja a la sombra de un lado de la cabaña. El cuarto, de dos años recién cumplidos, jugaba arrastrando una lata vacía con un cordel. La tercera, de tres años y medio estaba jugando en la casa de la vecina y al oír los gritos vino corriendo a casa. Ajak llamaba a voces a los dos mayores, de cuatro y cinco años. Pero, no había ni rastro ellos. Enrolló una esterilla con algo de comida, algunas ropas, un par de botellas de agua de plástico. Tomó la piel de cabra que utilizan los Dinkas para llevar a los niños pequeños, y puso allí a Akur.  No sabía que hacer. Había que salir corriendo como hacían todos, pero ¡Cómo irse sin dos de sus hijos!  Si se quedaba esperando, ponía en riesgo la vida de los otros tres. Pensó que los otros dos niños podrían unirse a alguien y salir corriendo con ellos. 
 
Así que se decidió y salió corriendo de su modesta cabaña hacia el bosque como tantos otros hacían. Después de casi un kilometro corriendo, Ajak estaba exhausta. Llevaba a Akur en la piel de cabra colgada de un costado, en el otro lado llevaba al de dos años y llevaba en la cabeza la esterilla con unas cuantas cosas.

Ya comenzaban a adentrarse en el bosque cuando podían  escuchar con claridad el estruendo de los disparos y explosiones. Ajak no podía más. Paró un momento, miró atrás y pudo ver con horror columnas de humo que subían a lo alto. Pensó en su pequeña choza. Probablemente ya no quedaría nada de ella. En aquel momento, alguien le grito por detrás, era Alual.

- Ajak, he visto a tus dos hijos en tu casa desde lejos. No tuve tiempo a acercarme.

Ajak pensó rápido: tenía que volver, pero no con los niños.  Alual llevaba a dos de sus hijos y varias de sus pertenencias.  

- Ayúdame, suplicó Ajak.
- ¿Cómo?
- Toma a estos dos, yo me quedo con Akur.  Y vete, nos encontraremos en alguna parte.  Yo tengo que volver a por mis hijos.
- Que Dios te bendiga Ajak.

Alual tomó al niño y la niña de Ajak y siguió adentrándose en el bosque. Ajak se quedó sola con Akur. En aquel momento de desesperación, Ajak se acordaba de su marido. La guerra se lo llevó lejos de su familia, ahora no sabía si estaba vivo o muerto. Toda la responsabilidad de las cinco vidas frágiles caía sobre ella. Pero no  podía volver con Akur. Era muy peligroso. No podía correr ¿Y si lo peor sucedía?...

Se adentró más en el bosque buscando un lugar apartado y bien escondido donde no fuera lugar de paso. Y allí colgó a Akur en una rama que salía de un árbol. Y dejó la esterilla con sus cosas a unos metros de allí para no llamar la atención.

Ajak corrió de vuelta a casa. Todavía se cruzó con algunos que le decían que no volviera que era muy peligroso. Los soldados ya estaban entrando en el poblado. Pero el coraje de una madre por salvar a sus hijos no tiene límites. Su corazón saltó de alegría cuando pudo divisar por fin su cabaña y sus dos hijos abrazados llorando. Al verla saltaron como dos flechas y se unieron a ella en un abrazo que expresaba la media hora más angustiosa de sus cortas vidas. Ajak, los tomó uno de cada mano y corrieron en busca de Akur. El plan improvisado de esa mujer, acostumbrada a salir de situaciones difíciles estaba dando resultado. Se adentraron en el bosque. Su mirada estaba fija en el árbol donde había dejado a Akur. Se conocía aquel bosque palmo a palmo. Había pasado muchas horas en él recogiendo leña para cocinar. Ya divisaba el árbol pero no conseguía distinguir el bulto rojizo de la piel de cabra. Un sudor frío iba recorriendo su cuerpo. La ansiedad por encontrar a Akur la confundía. Ya estaba a cincuenta metros y Akur no estaba. Se paró y caminó despacio. A lo mejor con la tensión del momento se había equivocado de lugar. Miró a su alrededor y vio la esterilla con sus cosas. Eso le demostró que estaba en el lugar correcto.

Ajak se desplomó de dolor. Calló de rodillas y se encogió hundiendo la cabeza en la tierra. Los dos pequeños no entendían lo que pasaba. Viendo a su madre en ese estado rompieron a llorar desconsolados. Esto hizo reaccionar a Ajak. Le hizo volver en sí. Todavía estaban en peligro. Se escuchaban disparos. Al oír el llanto de sus hijos se dio cuenta de que había perdido a una pero todavía dependían de ella la vida de los otros cuatro. Se armó de valor, tomó la esterilla con sus cosas y continuó corriendo hacia el sur. 

Cuando las fuerzas menguaban se sentaban un rato, tomaban un poco de agua y continuaban. Se fueron agrupando con otra gente del poblado lo que le dió seguridad. Preguntó a cuantos se encontraba por Akur. Pero todos estaban en una situación parecida a la suya. Familias divididas, huyendo por sus vidas. Al cabo de cuatro horas se reunieron con un grupo mayor. Preguntó por Alual y alguien le indicó que la habían visto con sus dos hijos un poco más adelante. Eso la tranquilizó.  Se sentó a descansar, por los niños más que por ella.  De repente oyó:

- ¡Mamá, mamá!

Eran los gritos de sus dos hijos. Se abrazaron a ella. Ya tenía a cuatro. Ajak se acercó a Alual para darle las gracias y le contó lo de Akur:

- Nunca me lo perdonaré. He perdido a mi hija.
- No digas eso.

Alual la abrazó. El día se apagó casi de repente. Ajak estaba cansada pero no pudo dormir. La imagen del árbol sin Akur le venía a la mente una y otra vez. 

A la mañana siguiente recogieron sus cosas y continuaron caminando hasta juntarse con un grupo más grande de aquellos que habían huido de diferentes aldeas. Fueron pasando los días. Finalmente, al cabo de una semana, decidieron asentarse en un lugar que parecía seguro. Poco a poco fueron rehaciendo sus vidas, construyendo sencillos refugios para la lluvia que más tarde se transformarían en chozas. Y con la ayuda de los misioneros y otras organizaciones humanitarias fueron normalizando sus vidas.

Pasaron los meses, años y Ajak preguntaba a cada persona que pasaba por el nuevo poblado si habían visto a Akur. Poco a poco se fue haciendo a la idea de que a lo mejor nunca volvería a ver a Akur aunque siempre le quedo un tímida llama de esperanza en su corazón que la mantenía unida a su pequeña e indefensa hija.

Habían pasado algo más de siete años desde aquella fatídica mañana del 1992. Ajak estaba como de costumbre, golpeando el mijo en el mortero para preparar la comida. A lo lejos vio llegar a una mujer alta con una niña de unos siete años. Era medio día y el sol golpeaba con fuerza. Cuando ya estaban cerca la mujer se paró. Se le humedecieron los ojos de la emoción y dijo:

- Ajak ¿Eres tú?

Ajak la miró fijamente y la reconoció. Era su prima Ading. Que también tuvo que huir a un futuro incierto cuando hacía siete años sus poblados habían sido atacados. 

- ¿Cómo has estado todo este tiempo?, preguntó Ajak
- Huí lejos de aquí, te he estado buscando todos estos años.

Ajak miró a la niña y le pregunto si era su hija. Ading sacó de una bolsa una piel de cabra. 

- Akur ¿Eres tú? Preguntó Ajak con voz temblorosa, arrodillándose delante de la niña.
- Si mamá, respondió.

Aquella mañana de 1992, Ading había salido corriendo como lo había hecho Ajak. En su huida, Ading pasó al lado de un árbol y vio una piel de cabra colgada de un árbol. Aquello le pareció extraño, se acercó y reconoció a Akur. No lograba entender como es que estaba allí pero le pareció que en aquella situación, la pequeña estaría más segura con ella. La cuidó como a su propia hija. Pero nunca desistió en su empeño de buscar a Ajak, imaginándose el sufrimiento por el que estaría pasando todos esos años.
 
Al domingo siguiente, Ajak llevó a Akur a la misión y fue bautizada con el nombre de Bakhita, que significa Afortunada.
 
Hno. Alberto Lamana

Los Misioneros Combonianos son un instituto misionero que realiza su trabajo en más de 30 países en África, América, Asia y Europa.