La fragancia de la rosa
Los que conocieron a Gandhi comentan que el promotor de la no-violencia tuvo muchos contactos con misioneros cristianos. Decía que muchos de ellos habían intentado convertirle y que habían utilizado diferentes modos para hacerle ver la novedad y diferencia del Cristianismo con respecto a las demás religiones. Pero él, en sus discusiones y tertulias, les decía una y otra vez que no le atraía la figura del misionero que predicaba o propagaba su fe sólo a través de la palabra. A los que basaban su religión en sermones y charlas propagandísticas y proselitistas, a Gandhi le resultaban sospechosos, porque para él lo que contaba era el testimonio, no la palabra.
Gandhi era un devoto del sermón de la montaña y admiraba “a ese Jesús colgado en la cruz por la humanidad”, y su capacidad para sintonizar con los pobres y sencillos. Incluso, en sus reuniones de oración, a menudo proclamaba pasajes del evangelio y utilizaba los salmos, junto con otros textos de las escrituras sagradas de las grandes religiones que, junto con la Biblia, Gandhi había estudiado.
Al ser preguntado qué era lo que quedaría para las generaciones posteriores si la proclamación de la palabra no era tan importante, él lo explicaba con la imagen de la rosa. La rosa, según Gandhi, no necesita escribir un libro para explicar lo que es la fragancia y el aroma. Basta con acercarse a la misma e inmediatamente podemos disfrutar de su fragancia. Incluso un ciego, decía, puede experimentarlo con el solo hecho de acercarse a ella. Al hablar de la belleza, decía otro tanto. Bastaba con ver o contemplar la rosa para admitir su belleza, sin la necesidad de utilizar consignas y discursos para demostrarla. A la rosa, le sobran las palabras.
Es, lo que decía Gandhi, el evangelio de la rosa. Aplicado a los misioneros, les decía que tenían que insistir más en el testimonio de una vida de servicio y de sencillez que de sermones y discursos inacabables. Él reconocía que el evangelio de Jesucristo era mucho más bonito y convincente que la rosa y por tanto que el sólo verlo vivido y testimoniado en personas concretas era suficiente para que otros le siguieran.
Palabras convincentes y con su sentido de verdad. Ya en la Evangelii Nuntiandi, se afirma que la Iglesia necesita más testigos que maestros, y si necesita a éstos es porque son testigos. Desde su postura radical, Gandhi tocaba un punto que es crucial en la vida del misionero y que la iglesia lo subraya, y es que el primer y más valioso anuncio del misionero es su propio testimonio y su misión primera es transparentar a Aquel que le envía.
Claro, a mí se me ocurre añadir que aunque las palabras del sabio indio tengan ese halo incuestionable de verdad, para el cristiano, como diría San Pablo, la predicación, el ¡ay de mí si no evangelizara!, es un mandato misionero que deriva de Jesús de Nazaret. Desde el comienzo de su vida pública, Jesucristo también utiliza la palabra como vehículo para proclamar el mensaje del Reino. Ciertamente, lo hace con un lenguaje que los sencillos entendían, con parábolas e imágenes de la vida real que la gente percibía con la novedad de saber que su mensaje era nuevo. El atractivo de Jesús fue su coherencia de vida, en quien mensaje y mensajero, palabra y acción se identificaban.
La humanidad ansía ver testigos que vivan aquello que proclaman. No es que nuestra palabra y testimonio lleven al no creyente a la conversión, pero lo que sí es cierto es que el antitestimonio aleja del seguimiento del Maestro. Digamos, en honor al sabio indio, que también para la Iglesia el evangelio de la rosa lleva en sí una gran verdad y que un testigo de Jesucristo, desde el servicio y la simplicidad de vida, es una rosa capaz de atraer por su belleza y su fragancia en cualquier contexto, cultura, condición y época, incluso en esta que nos toca vivir.
P. Daniel Cerezo

