Contrastes que impactan
Coordina P. Ramón Navarro
P. Rafael Pérez
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desde Ciudad de Guatemala(Guatemala)
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| MN marzo 2010, nº 549 |
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Os cuento algunas impresiones de mi primer mes de estancia aquí. Me parece vivir en medio de realidades llenas de contrastes. Por una parte, la acogida tan cariñosa que encontré en la gente desde el primer instante contrasta con la inseguridad que reina por todas partes. La inseguridad ciudadana casi se “mastica”. La violencia, los robos y la delincuencia han tomado las calles de la ciudad y, como si de un azar se tratara, a cualquier peatón o conductor le puede tocar.
Con frecuencia, se hace uso de un arma. La vida parece que vale menos que conseguir un teléfono móvil o un par de quetzales (moneda guatemalteca). Como consecuencia directa de la inseguridad, cada vez es más frecuente ver sectores de la ciudad cerrados o con acceso restringido. Los vecinos de una determinada calle se ponen de acuerdo y la cierran con una barricada de bidones llenos de cemento o con “garitas” para controlar salidas y entradas de la gente.
Otra realidad llena de contraste la noto entre la belleza de este país y la inexistencia de cuidado y preocupación por el medio ambiente. El clima ha dotado a Guatemala de una exuberante vegetación que crece de forma espontánea deleitando los ojos del que la observa. Los muchos volcanes y lagos con los que cuenta el país añaden belleza al paisaje formando caprichosas y bellas estampas que encantan a cualquiera que los contempla.
Como contraste, vivimos con una altísima e incontrolada contaminación ambiental en todos los aspectos. Ningún ciudadano hace nada por cambiar la situación y el departamento municipal menos aún. Aquí se cumple al pie de la letra el dicho de que “el uno por el otro, la casa sin barrer”. Las autoridades municipales tampoco hacen nada para poner orden a lo que bien se puede calificar como “caos amenazante”. La altísima contaminación ambiental está causando enfermedades que perjudican la salud de las personas, junto con un deterioro, cada vez mayor, para el medio ambiente. Pareciera que las cosas están sujetas y se mantienen en pie como si por acción de un hechizo se tratara. En cualquier instante se podrían caer o derrumbar, pero ahí están para “sorprender” al que las observa.
Otro contraste es la religiosidad de la gente guatemalteca y la falta de un compromiso en la transformación social. Asambleas repletas de gente para rezar, grupos de formación religiosa por doquier, cofradías y hermandades que se han formado en varias instituciones y organizaciones religiosas. No cabe duda de que el guatemalteco es religioso. El nombre de Dios se invoca a cualquier hora, lugar, circunstancia… Por contra, uno encuentra tantos dramas humanos que poco hablan del compromiso creyente serio y consolidado.
Me pregunto: ¿Cómo entender que una sociedad tan religiosa pueda ser tan violenta, corrupta y estar tan fragmentada en la vida personal y social? ¿Cómo es posible que el maltrato a la mujer, los abusos a menores, la violación de los derechos humanos fundamentales, las prácticas de extorsión y soborno, por poner unos ejemplos, sean tan frecuentes? ¿Cómo puede ser que la vida valga tan poco? ¿Será que la formación es aún deficiente o que ha llegado todavía a poca gente? ¿Hasta dónde los valores religiosos van cambiando la vida de cada persona? ¿Dónde están los resultados?
A éstas y otras preguntas no tengo respuesta en estos momentos. Quizás, según vaya conociendo más esta sociedad, encuentre explicaciones o entienda las razones que generan tantos contrastes en esta sociedad en la que vivo.
En nuestro campo misionero, aún hay mucho por hacer. La impresión que tengo ahora es que la formación integral humana y espiritual consolidada todavía ha llegado a muy poca gente y está en una etapa inicial. No me queda otra actitud que tener ánimo y “al toro”. Estoy convencido de que el esfuerzo de intentarlo vale la pena. Forma parte de la desafiante misión a la que estoy llamado.
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