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Juan Sánchez Arenas. Misionero Comboniano





Lánzate a caminar

Por Juan Sánchez Arenas



El aprendizaje de la vida se hace caminando. Nuestros pasos indican el camino a seguir, el sentido de la existencia. En esta experiencia descubrimos que Dios nos llama y nos invita a caminar. Somos caminantes que compartimos nuestra humanidad y el aliento divino con rostros nuevos en el seguimiento de Jesús de Nazaret.


Los jóvenes españoles se acercan cada vez más al continente africano. En periodos cortos comparten experiencias que les transforman. Muchos comentan que su estancia en África ha marcado un antes y un después en sus vidas. En sus pupilas han quedado grabadas situaciones y personas concretas; sus miradas se han cargado de humanidad y de cercanía; sus mentes se han abierto más al respeto y a la pluralidad; sus corazones se han contagiado de la energía vital africana y de su espiritualidad. Y, en general, todos han quedado marcados por un estilo de vida más solidario y esperanzador.

¿Qué tienes, África?

En medio de este aliento africano podemos preguntarnos: ¿qué tienes, África, que hechizas a tantos jóvenes? ¿qué tienen tus gentes que embaucan al más sabelotodo? ¿qué ocultan tus tierras que hasta los poderosos se interesan? ¿qué perfume lanzan tus bosques para hacer tantas estatuillas? ¿qué escondes en tus mares para que faenen tantas embarcaciones? ¿qué luz esparces a los objetos para imprimir tantos colores? ¿qué fuerza tiene la familia que se extiende por doquier? Por fin, ¿qué quieres África de nosotros? Tal vez romper el molde monocolor de la globalización.

A África la podemos contemplar de múltiples formas, pero una de ellas es por medio de sus jóvenes en nuestro mosaico peninsular. Muchos jóvenes africanos están compartiendo nuestra realidad por diversos motivos, el más voluminoso es para adquirir un bienestar económico y aliviar la precariedad familiar vivida en sus países de origen.

Ellos son una riqueza intercultural y un reto en la convivencia, pues para comprender a un africano hay que conocer África. Por eso hemos entrevistado a tres jóvenes madrileños que han estado en tierras subsaharianas. Ellos nos brindan con viveza y alegría el significado profundo de su presencia en África, el continente de la esperanza.

Grupo de voluntarios preparan el terreno.

Se hizo realidad

Santiago Izco Esteban, especialista en Medicina Interna, dice que ya en su época de estudiante universitario sentía interés por la Medicina Tropical: aviso previo para viajar a África. Fue a finales de 2004 cuando se hizo realidad su sueño al ir a Guinea Ecuatorial para hacer una rotación y aprender Medicina Tropical.

Desde entonces, en periodos de seis meses, por motivos profesionales y por opción personal y religiosa, ha estado presente en Kenia, Mozambique y Guinea Ecuatorial trabajando en la sensibilización sobre el sida. Posteriormente visita Etiopía y finalmente Sudán Meridional en un trabajo más directo con la gente.

Lo que más le ha impactado de África es la fuerza de los africanos, sobre todo de las mujeres, por su manera de ver la vida con firmeza, responsabilidad y sentido comunitario. Se ha quedado con una sensación de vínculo; más allá de vestigios culturales, ha sentido la parte de semejanza, de fraternidad. Su relación de amistad profunda con médicos, enfermeras y personas conocidas le ha dejado una huella tan grande que a veces se siente más allá que acá; más en sintonía con su lenguaje y estilo de vida.

Santiago en Sudán Meridional.

Abrir los ojos

Para los jóvenes, dice con fuerza: “¡África está muy cerca! Sólo por abrir los ojos a algo que nuestra cultura desconoce y tiene tanto valor, merece la pena acercarse a África. Al mismo tiempo, los africanos nos enseñan a vivir con sencillez y nos muestran la situación de pobreza y de injusticia en que vive el continente. Es responsabilidad nuestra echar una mano y no contentarnos con pensar en ayudar un poquito porque lo pasan fatal. Pues en este mundo global, es aquí donde se cuecen las cosas”.

Leonor Ruiz Giménez es estudiante de Bellas Artes y trabaja en una inmobiliaria. En 2006 estuvo en la Republica Dominicana y descubrió que Cristo la enviaba al mundo entero. Este motivo la impulsó a ir a Sudáfrica durante el mes de agosto de 2008, en concreto a la misión de Waterval, al noreste del país, en la frontera con Mozambique. Quería emplear su tiempo de vacaciones para los demás, ayudar a construir un comedor para niños necesitados y compartir el Evangelio. Leonor formaba parte de un grupo de once jóvenes.

Álvaro prepara la masa para la obra.

Sentido de familia

Al llegar a la misión le impresionó el ver a la gente negra descubrir el rostro blanco. Para los niños eran como rostros desconocidos. A Leonor la miraban los lunares y le decían: “¿Qué es eso? Parece que África te está llenando el corazón y te estás volviendo negra”. También le llamó la atención el sentimiento que tienen de familia y cómo comparten las cosas. Pone como ejemplo vivo a Mama Rose, una mujer sudafricana que cuida a 60 niños con carencias familiares.

Con pico y pala hacían los bloques para construir el comedor destinado a los niños y entraban en contacto con ellos por medio de juegos y del estudio. La impactó mucho la gratitud de la gente.

El día de la despedida, Mama Rose agradeció al grupo su ayuda en la construcción, pero más aún por haber venido de otras comunidades para compartir sofá y plato con ellos. Les impresionaba que jóvenes blancos se sentasen en su mesa, pues el régimen del apartheid está por superar.

Miembros del grupo de voluntarios con niños sudafricanos.

Empatía activada

En esta experiencia, a Leonor le ha quedado un sentimiento de Iglesia universal y ha visto que en Sudáfrica los cristianos viven más como las antiguas comunidades descritas en el libro de los Hechos de los Apóstoles. Nota su corazón ensanchado y su empatía activada hacia los africanos, puede ahora hablar de África con más cariño y sentirse parte de ella. Y concluye diciendo: “Jóvenes, no tengáis miedo en probar algo diferente, en compartir la vida con otras gentes, para enriquecer el alma y ampliar la mente”.

Álvaro Lorenzo está casado y trabaja como agente comercial. Tuvo con su esposa una experiencia de encuentro con Cristo en Cursillos de Cristiandad que le removió el lado social para ayudar a los más débiles y trabajar en una misión. Por eso se apuntó a la iniciativa brindada por el P. Rafael Armada, misionero comboniano en Sudáfrica, para convivir, construir un comedor y conocer gente en un país donde los católicos son minoría.

Cosas que sobran

Lo que más le impactó al llegar es que el grupo fuese tan observado, la inseguridad de Johannesburgo y la celebración de la Eucaristía tan festiva y compartida. Al mismo tiempo, le ha hecho mucho bien conocer y convivir con tres misioneros entregados a los demás. Se sintió removido en el aspecto material, al experimentar la cantidad de cosas que le sobraban para ser feliz.

El poso que le ha quedado son las ganas de compartir y transmitir lo vivido allí. Y se ha dado cuenta de lo afortunados que somos aquí al tener tantos sacerdotes. También, desde que regresó, se siente vinculado a los inmigrantes africanos y tiene un sentimiento de cercanía y fraternidad. Le gustaría repetir la experiencia y anuncia a los jóvenes que ir a un lugar de misión hace mucho bien.

A nosotros sólo nos queda agradecer a Santiago, a Leonor y a Álvaro sus testimonios tan alentadores y llenos de esperanza para el futuro de África.




     

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