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Experiencia misionera entre la tierra Turkana de Kenia

Publicada el 1 de agosto de 2024

Del 2 al 30 de julio de 2024, los chicos y chicas del grupo Combojoven que acompaña la Familia Comboniana en España vivieron una rica experiencia misionera en Kenia.

«La vida es como una batería, que tiene polos positivos y negativos para su mejor funcionamiento». Esta frase del P. Daniel Villaverde bien podría resumir lo vivido por los jóvenes del grupo Combojoven en Kenia durante el pasado mes de julio. Inspirados por la revista AGUILUCHOS que en la editorial de julio-agosto invitaba a reír sanamente durante las vacaciones y motivados por el P. Daniel Villaverde, que invitó a los jóvenes a reírse con la gente en la misión, dado que la risa contagia alegría y supera las barreras del idioma, los jóvenes del grupo Combojoven iniciaron su experiencia misionera en Kenia el día 2 de julio.



Todo comenzó con la calurosa bienvenida del P. Daniel Villaverde, misionero Comboniano, en el aeropuerto de Nairobi.  Enseguida se trasladaron en taxi hasta la casa del postulantado Comboniano, donde pasaron las dos primeras noches. En Nairobi, pudieron visitar el Museo Nacional de Kenia, donde aprendieron muchas cosas sobre la cultura keniana y la historia de la colonización e independencia del país.

El viaje hasta la región Turkana, en el norte, se inició el 5 de julio montados en los famosos «Matatus», medios de transporte típicos de Kenia. Los choques culturales durante el trayecto fueron inevitables dada las diferencias entre España y Kenia. Durante la primera semana en la misión de Lokichar, los jóvenes pudieron constatar algunas semejanzas con España, como el calor y la escasez  de lluvias. También estuvieron profundamente conmovidos por la pobreza, la falta de recursos básicos y las enfermedades que enfrentan las personas de la zona. Algunos incluso se vieron impulsados a comprar algunas medicinas para los enfermos y otros enseñaron a coser a varias personas con discapacidad para que pudieran ganarse la vida.



La segunda semana, la más educativa, alentadora y desafiante, la pasaron en la zona de Kalapata-Kakalel, donde la gente vive en casitas tradicionales de madera. Los jóvenes descubrieron el nomadismo como una necesidad para la sostenibilidad diaria. La calurosa bienvenida de la gente de las capillas les motivaron a ponerse en el lugar de los lugareños que caminaban muchos kilómetros en busca de agua, comida y también para participar en los encuentros comunitarios. La urgencia de la palabra de Dios los llevó a participar en las celebraciones litúrgicas en dos o tres capillas cada día y a quedarse con la gente un rato para compartir la vida.



La tercera semana estuvo marcada por las iniciativas de los jóvenes, como pintar las pizarras en las aulas, coser ropa para la gente en el centro de discapacitados y llevar la comunión a los enfermos junto a la Hna. Rose, de la congregación de las Evangelizing Sisters of Mary. También visitaron hospitales y escuelas. Durante su estancia, tuvieron tiempo de ocio, charlas sobre las experiencias vividas en la misión, salidas turística a diferentes lugares, como el Parque Nacional de Amboseli, o la participación en las celebraciones de cumpleaños.

Cada día fue único y especial, marcado por el madrugar para ir a encuentros, capillas o sitios donde realizar un sinfín de actividades y poder ser bendición con su presencia. El ritmo era muy alto, pero se convirtió en una experiencia enriquecedora, reforzada por las palabras del P. Daniel Villaverde, quien dijo: "La vida es como una batería que tiene polos positivos y negativos para su mejor funcionamiento; no podemos vivir de alegrías sin momentos que nos desafíen a reflexionar". ¿Valía la pena vivir y experimentar la dura realidad de la misión, sus alegrías y frustraciones? Claro que sí.

Los jóvenes aprendieron a vivir la alegría, la esperanza y a descubrir la sostenibilidad providencial de Dios a través de las calurosas bienvenidas que les propinaba la gente. Quedaban sin palabras por la alegría de la gente que no se apagaba a pesar de la pobreza y la falta de recursos básicos. Los jóvenes se han dado cuenta de que las misiones en Kenia no son solo experiencias de alegría y prosperidad, sino también de sufrimiento y desafíos. Esta constatación, les llevó, entre alegrías y retos, a vivir a tope cada día que pasaron en la cálida tierra Turkana.

Texto & Fotografías: P. Justus Oseko, mccj
 

 

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