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La vuelta al mundo chino

Descubre las últimas palabras del P. Daniel Cerezo Ruiz antes de viajar esta mañana para la misión en Macau y China.

La Vuelta a Macau no se hace en un día. Hay que esperar, reuniones por aquí, reuniones por allá. Llevando cuatro años en España desde el 7 de enero de 2020, es hora de volver. La vuelta es un momento único y peculiar. En cada ocasión tiene sus puntos llamativos, otros no tanto, pero siempre con una dosis de novedad impecable. Si, a eso le añades que los años pasan, todo se mezcla y conlleva unos meses de preparativos, despedidas y ¡cómo no! de sueños y planes de futuro.

Hace ya un par de meses que me dieron la noticia oficial, porque hasta que no te llega el nombramiento oficial no puedes cantar victoria en lo que a partir para la misión se refiere. De nuevo se presenta ante mi la itinerancia misionera, de la que tanto he vivido y reflexionado, pero esta vez de modo concreto y visible. Es, en este momento, cuando la llamada de Jesucristo a dejarlo todo se hace real de forma sorprendente. Hay ciertos momentos en la vida del misionero en que he sentido que las palabras del Evangelio se encarnaban en mi propia vida, y éste es uno de ellos. Y, es en la itinerancia y en el partir, cuando se sienten de forma fuerte, nueva e irrepetible, los ecos del envío a los Doce.  

Cada vez que he vuelto a la misión ha sido diferente, y esta vez no va a ser menos. Llegué a España unas semanas antes de que nos enterásemos de que la pandemia estaba haciendo las suyas por el mundo. Siguió un año de desconcierto, sufrimiento y “parada y fonda” por causa de algo que ni siquiera se veía y del que todo el mundo hablaba, y que, a todo el mundo, de una u otra forma, afectaba. Este periodo en España me ha ayudado a itinerar para hacer animación misionera y presentar el libro de “La cortina de bambú”, dar ejercicios espirituales en varios lugares y seguir escribiendo y aprovechando los medios de comunicación como un pulpito impredecible, cuya voz llega hasta los confines de la tierra.

El misionero, como el Maestro de Nazaret, es el hombre del camino

Ya le estoy dando vueltas a la cabeza sobre lo que haré o no en Macau, y en China. La misión en el lejano oriente siempre tiene un plus de interrogante, de incertidumbre y de imprevisibles situaciones. Tres palabras que empiezan por “i” y que tienen su dosis de cruz, para que el discípulo no olvide, como decía Comboni, que las obras de Dios comienzan al pie de la Cruz. Ciertamente, la situación de muchas comunidades cristianas esparcidas por el oriente no ha mejorado en estos años, debido a factores diversos. La libertad religiosa deambula con dificultades en varios países.

Esta es la primera vez que vuelvo a la misión con la etiqueta y el sambenito de “jubilado”.  Jubilare, termino latino, significa alegría y por eso vuelvo, para seguir dando mi pequeña aportación a la misión en el lejano oriente, especialmente en el campo de la espiritualidad, a través de ejercicios espirituales, retiros y semanas de espiritualidad bíblica. Percibo que por este camino todavía puedo invertir mi entrega y energías a la causa del Reino. No me imagino yendo de aquí para allá como dicen en el IMSERSO. Siempre me han tildado de viajero, y siempre digo que por algo soy misionero. Además, mi animal en el horóscopo chino es el caballo, unas veces trotando, pero las más sin hacer ruido.

 Comienzo ahora una nueva andadura. No sé los derroteros por donde me llevará Dios, el Dios siempre sorprendente, impredecible y cuyos caminos no son muchas veces los nuestros. A ellos intento adecuarme, aunque a veces tome algunos atajos. En el fondo, el misionero, como el Maestro de Nazaret, es el hombre del camino, al encuentro de una humanidad que pueda disfrutar de sentirse en las manos del Señor. Y con una oración mutua, antes de mi partida, os deseo un Feliz 2024.

Por P. Daniel Cerezo Ruiz, MCCJ

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